Voltaire y el terremoto de Lisboa

Por Juan Pablo Gómez
Todas las desgracias del hombre se derivan del hecho de no poder estar sentado tranquilo y solo en una habitación
Pascal. Pensamientos

“Este es el mejor de los mundos posibles” sería una especie de resumen apresurado de la Teodicea, la obra más famosa de Leibniz, uno de los pensadores más apabullantes de la historia de la cultura. Diderot decía que sólo Platón podía estar a su altura. La consistencia de Leibniz estriba en su multiplicidad, saber reunir todos los saberes posibles en uno solo; hacer del pensamiento el cauce único para todas las áreas del conocimiento; pero además empeñarse en constatarlo, en dar muestras, en demostrar. Leibniz es escandalosamente genial. Un exceso de brillantez lógica que deriva en el racionalismo moderno (debe haber una razón para todo lo que existe). El auténtico continuador de la poiesis platónica y del méthodos aristotélico. Es tan importante en Filosofía, como en Teología, Matemática, Lingüística y en el método científico. Desde la Psicología hasta la Tecnología tienen deudas desproporcionadas e impagables con Leibniz, su cosmovisión (mirada ordenada) y su luminosidad expresiva quieren hacer del mundo un ente lógico, coherente y cerrado en sí mismo, puesto que se trata de la obra de Dios, y Dios sabe perfectamente lo que hace. Si este mundo es así, entonces fue la mejor de las opciones que tuvo el Creador.

La correspondencia entre el pensamiento de Leibniz y el de Spinoza, Descartes o Pascal puede hallarse en monografías que podrían rellenar estantes de una gran biblioteca entera. Con Voltaire se necesita más de una biblioteca. Voltaire combatió la perspectiva filosófica optimista, combatió el “tout est bien”, y combatió especialmente el pensamiento de Leibniz o quiso que Leibniz encarnara esa visión para contrarrestarla. Este no puede ser el mejor de los mundos posibles y afirmarlo tendría que ser de un cinismo exasperante. Voltaire descarriló el cauce, bifurcó la tendencia y desvió el camino. Schopenhauer a su modo, y Nietzsche al suyo, continuaron esa estela volteriana que se empeñó en leer el mundo como lugar sospechoso, o abiertamente “el peor de los mundos posibles”. Además, Dios no existe, o murió, o se aburrió. La perspectiva filosófica del pesimismo es de una belleza armónica desgarradora, opresiva y ambivalente. Nada más profundo que un pesimista, en este sentido, porque es una especie de nostálgico cósmico; añora los mundos que pudieron haber sido y Dios no quiso que fuesen; o la ausencia de Dios posibilitó esto que nos tocó. Voltaire es un espíritu deshecho que vive en agonía (lucha) perenne y entabla vínculos rabiosos con la aplastante realidad del dolor. Todo su pensamiento gira en torno a intentar hallar un sentido lógico a tanto sufrimiento; quiere explicaciones, quiere argumentos. No me vengan con “los designios de Dios son inescrutables”, diría. Voltaire escruta, interpela, demanda y exige. En su línea vital, hubo un acontecimiento que lo estremeció de forma única y, de forma colectiva, estremeció al mundo y lo cambió para siempre.

Un día sábado, en una mañana clara, muchos citadinos empezaron a alistarse y engalanarse para asistir a los responsorios, mítines y eventos religiosos que suele congregar la festividad del Día de todos los Santos, previa al Día de los muertos. Muchos dudaban si asistir a la Iglesia de Santa María Maior, a la Iglesia de Carmo o a la Iglesia  de Nossa Senhora de Conceiçao Velha. Era un día importante. En horas de la tarde serían ejecutados algunos herejes en la plaza de Rossio (que años después pasaría a llamarse Praça Joao IV), la mayoría de estos condenados era de origen africano, víctimas incomprendidas del escozor prejuicioso de la perversión inquisitorial. El día prometía nupcias, galas religiosas y la festividad sobria y ceremoniosa de una ciudad imperial ultra católica, que miraba con afecto y altivez hacia Salvador de Bahía, Calcuta y Macao, para recibir prebendas de toda índole, que el heroísmo imperial de otrora había labrado. Desde las columnas marítimas del puerto que desemboca en Terreiro do Paço (eso que se ha dado en llamar Praça do Comercio), las fragatas mercantes cargadas con oro y café de Minas Gerais arribaban a suelo firme con la alegría de la mañana. En una de esas fragatas llegó ese día un comerciante y carpintero, un tal Manuel Francisco da Costa, procedente de Vila Rica (Ouro Preto), que había procreado con una esclava africana a un niño hábil, díscolo y sensible, al que décadas después sus coterráneos llamarían Aleijadinho, por culpa de una enfermedad degenerativa que lo dejó lisiado.

Britt Tanner se sentó de nuevo en su escritorio y retomó la pluma. Mientras subió la mirada al techo para intentar recordar una palabra que se le había escabullido, escuchó la taza de café tintinear y luego un rumor más opaco, grueso y barullento que empezó a transformarse en sonido hondo de temblor de tierra. Hombre de mundo, Britt Tanner supo enseguida que se trataba de un sismo. La tierra había temblado. Su escritorio, su cómoda y su biblioteca se habían agitado. Algún libro cayó al suelo. Pero la taza de café no llegó a derramarse de nuevo. “Ya pasó, ha sido tenue, no pasó gran cosa”. Pero al terminar de pensar eso lo inundó el horror de su premonición anterior. Por precaución y conocimiento, Britt Tanner intuyó que lo mejor sería salir del edificio y posarse en la plaza de Rossio e, incluso, llegar hasta Comercio, porque podía haber réplicas y Lisboa era una ciudad encorotada, superpuesta, arabesca; un sismo de una dimensión mayor podría ser muy peligroso. Cuando puso un pie en la calle, vino la réplica. Miró su reloj oval de bolsillo, porque desde que bajaba las escaleras había pensado escribir la crónica con detalle, para saber la hora precisa. 9:32 am. Mientras pensó a dónde ir, la ciudad se nubló en una polvareda y los escombros cayendo fueron ahogando el sonido. Britt Tanner sintió, fisiológicamente, el pánico. Percibió la contracción absoluta de su estómago y, mientras caía de rodillas, vomitaba profusamente el café y el desayuno íntegro. La calle estaba rajada en dos y se levantaban afiladas estalagmitas de piedra para convertirse en eficaces armas mortales. Pudo distinguir la reunión de cientos, tal vez miles, de gritos agudos que hacían pensar en la inutilidad del lenguaje humano. Medio abstraído y disociado, pudo discernir la Iglesia de Carmo en la altura, a lo lejos, cayéndose a pedazos sobre Rossio, donde ya había, desparramados, varios cadáveres. No había dudas, se trataba del fin del mundo, del fin de los tiempos.

Cuando el sismo cesó, Britt Tanner volvió a recobrar algo de sentido y miró nuevamente su reloj, 9:42 am. Todavía su racionalidad superviviente le imploró que fuese a Praça do Comercio porque las réplicas no se harían esperar. Ese lugar ofrecía un espacio abierto, más seguro. Trató de correr, pero el cuerpo no respondía. Su caminata espasmódica y lenta, a tientas, lo condujo hacia los pies de Alfama. Lo que veía a su paso era absurdamente cruel: niños y ancianos mutilados, caballos tapeados, escombros gritando, perros aplastados, paredes derribadas y, sobre todo, fetidez, humo y polvo. El crucifijo y el pelourinho de Rossio estaban rotos, tirados en el suelo. “Alguien se salvó” pensó. Britt Tanner todavía tuvo claridad para suponer que no podría escribir esto que le estaba pasando, y si lo hacía, sería una recreación inútil, engañosa y artificiosa. Pero la desgracia aún estaba en gerundio. Pocas horas después, mientras los sobrevivientes heridos empezaban a entender lo que había acontencido, una ola de 20 metros arrasó la Praça do Comercio íntegra. Hasta Rossio habían llegado cascos de fragatas o mástiles. Los miles que habían tenido la lucidez de ir hasta allá para salvarse (como Britt Tanner), habían perecido arrollados por el maremoto. La Baixa simplemente había dejado de existir. El corolario fue una sucesión de incendios que Britt Tanner pudo presenciar desde el Castelo Sao Jorge, a donde pudo llegar atemorizado por la idea de que viniera una segunda ola mucho más grande. Había sobrevivido y, además, veía la Lisboa destruída desde arriba. Su sino se convertía en símbolo del porvenir: auge británico, declive ibérico. Diez días después Britt Tanner escribió una crónica cruel, insípida, incompleta y dolorosa de aquel episodio. Su capacidad narrativa y su sensación vívida de mortalidad le impidieron dar noticia profusa y detallada de lo que sucedió realmente.

La reconstrucción pombalina quiso revertir el efecto apocalíptico. Pero el resultado fue edulcorante. Además, Lisboa pasó a ser otra. Una capa sobre otra, sobre otra, sobre otra. Pombal recreó una especie de pequeña y modesta París entre colinas. Todavía ver Carmo sin techo produce algo de vértigo y logra efecto de memento mori. Alfama, en cambio, metida en su medina arabesca y como bien pensada desde el primer día, mira al atardecer con liviandad. Esa tragedia no es conmigo, parece decir mientras, de todas formas, entona su fado crepuscular. La Sé de Lisboa quedó intacta.

Voltaire se estremeció con el relato del terremoto de Lisboa y el hecho no sólo lo animó a escribir Cándido y su Poema sobre la destrucción de Lisboa, sino que le proporcionó el fundamento histórico, palpable y vertiginoso de respuesta a Leibniz. ¿Cómo pasa esto en el mejor de los mundos posibles? Así, Lisboa vive de un pasado glorioso que fue arrasado. Tiene mucho del ánimo de la monja portuguesa abandonada por el Marqués de Chamilly, tiene mucho del sebastianismo (la eterna espera del rey desaparecido, que vendrá a arreglarlo todo), tiene mucho del esplendor de antaño sentido como pérdida, tiene mucho del terremoto. Lo que se percibe es el desconcierto de que aquí sucedió, con efeméride exacta, uno de los cambios más rotundos de la historia moderna.

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