Antonio Lobo Antunes no ganó el Nobel

  Por Juan Pablo Gómez

“Un libro no se hace con ideas, y desconfío de los que dicen que tienen una buena idea para un libro”.

Antonio Lobo Antunes

Lobo antunes en Angola
Lobo Antunes en Angola

He recibido con alivio la noticia de que Antonio Lobo Antunes no ha ganado el premio Nobel de Literatura este año tampoco. Digo alivio, porque supongo que para Portugal un segundo premio en tan poco tiempo sería mucha carga; también lo digo porque imagino a Lobo Antunes muy incómodo con esa situación (le sienta bien ser el eterno candidato); y lo digo también porque el Nobel de Literatura es un premio que ganó Saramago en 1998 y para la mentalidad portuguesa, eso quiere decir que ya ningún otro portugués lo ganará, al menos en los próximos cien años. Y así está bien, así tiene que ser. Los portugueses tienen una mezcla de coraje y estoicismo que es casi perturbadora.

Me bastó ser testigo de las elecciones generales en Portugal este pasado domingo y constatar el ánimo rotundo de la apatía colectiva más contagiosa que haya visto en un día electoral tan importante. Pero es que el peso de la troika y, en realidad, de la Alemania de Merkel es aquí sentido con entera lucidez, es decir, con resignación y bostezo. Qué importa quién gane; los dos grandes partidos con oportunidad ofrecen exactamente lo mismo: austeridad, es decir, más sudor con hambre. Fue casi más importante la noticia futbolística: el Benfica no podría jugar en Madeira a causa del mal tiempo. Esa es otra coincidencia espléndida: el clima siempre acompaña al tono anímico en Portugal. El domingo hubo más de catorce horas continuas de lluvia. Varias personas me preguntaron por las elecciones aquí, y sentía que la pregunta era como de rutina, de obligación, pero la respuesta no importaba mucho. Como dicen en Alemania (y también en el país lusitano): “si Portugal se desprendiera del continente y se hundiera en el Atlántico, Europa no se daría cuenta”. La verdad es que eso ya sucedió, hace mucho tiempo. El autor de El esplendor de Portugal lo sabe bien. Su estilo y sus modos suelen ser vistos como provocadores y no exentos de cierta vanidad, pero es que si supieran lo que es ser testigos del mundo desde aquí, verían con más nitidez: Lobo Antunes no es provocador, ni vanidoso, es simplemente un escritor portugués, de una inteligencia tan áspera como aguda. Esa inteligencia, como es lógico, siempre tiene malestar con el mundo.

Su obra es tan extensa y monumental que uno sólo puede tratar de ofrecérsela a sí mismo como proyecto de vida futura. Ya saben, “cuando esté jubilado, lo leeré íntegro”. Y eso se dice con placer. El peligro de ser tan Lobo Antunes consiste en que su personaje escritor suele ocupar tanta atención, o más, que su obra. Eso siempre es detestable, probablemente para él mismo pueda serlo. Lo imagino harto de eso. La crítica y el periodismo lo ven como alguien interesantísimo y malhumorado, pero él es así de verdad, sin poses, ni guiños. Sin fachadas toscas de franqueza, es franco en serio. Además, se le cataloga de escritor que posee un estilo único, verdaderamente propio. Él mismo lo sabe, pues reiteradamente ha dicho que nadie escribe como él, ni siquiera él. Porque nadie escribe los libros que quiere, sino los que puede. Ese es un axioma certero, que han dicho muchos, pero en su caso, tiene esa connotación tan deliberada y genuina de quien se sabe escritor en esencia y por necesidad. Rilke sonreiría. Pessoa también, cómo no. Y Faulkner lo leería congraciado y contento consigo mismo también. Sus libros son “delirios estructurados” dice él mismo, la verdad es que la frase es exacta. Basta acercarse a Sobre los ríos que van o El orden natural de las cosas, para constatarlo. Sus temas son tantos que se reducen a dos o, mejor, a uno solo: memoria/muerte. Algo así como la lucha descarnada de sobrevivir por la memoria o hacer de la memoria supervivencia o hacer de la muerte una eventualidad fatua porque queda la memoria. Y el libro, se sabe, es extensión de la memoria: una forma de asir el cúmulo etéreo y sin forma del recuerdo para ser ordenado en la sintaxis de la palabra escrita. Aunque, quizás por eso, sintaxis en el universo antuniano, debería ir siempre entre comillas o subrayado.

Él dice que la literatura lo ha salvado del suicidio o de la idea de suicidio que siempre lo está rondando. No sería escritor portugués de altura si no fuese víctima de esas rondas. Unamuno es otro que, en su fascinación portuguesa, veía con perplejidad al pueblo suicida por antonomasia: los portugueses; y daba a entender que parte de la calidad de su literatura estribaba un poco en ese fatum crepuscular. Lobo Antunes además dice que entre familia y conocidos, ya varios han practicado esa remarcada tradición nacional de despojarse el propio aliento vital. Pero decir escritor portugués atormentado es una triple redundancia. Así que la literatura tiene su encanto y su fuerza, después de todo. No es que salve; es que puede ser una pena demasiado dura, más allá de la vida, que un tipo así no pueda seguir escribiendo. Por otro lado, Lobo Antunes es un superviviente del cáncer y se vio a sí mismo muerto. Sometido a continuas sesiones de radioterapia, pudo comprobar el milagro, no de salvarse él, sino de ver a otros en el hospital, condenados y ya con metástasis, sonreír, no quejarse y asumir el destino de agonía final con una nobleza aristocrática admirable. En ese coraje, en esa valentía, Lobo Antunes y muchos de sus personajes memoriados, hallan el sentido estético de la vida. Nada más feo que un cobarde. Además, todos somos convalecientes, así que lo que nos distingue es el temple o la gracia, según se mire. Nada más hermoso que la convalecencia del que no se queja.

Es un tipo que fue psiquiatra y le bastaron dos años de práctica profesional para irse corriendo a escribir novelas. Después de todo, es una forma más auténtica de hacerles seguimiento a sus pacientes. Tuvo que cumplir el servicio militar en una época aciaga: la guerra descolonizadora de Angola. Aquella experiencia lo detonó anímicamente. Quién sabe qué vivió allí. Parte de esta terrible experiencia puede hallarse transversalmente en sus primeras obras y en Cartas desde Angola. Todavía se reúne con colegas veteranos de esa guerra y cuenta, cómo, muchos de ellos no se recuperaron jamás. De hecho, 20 mil portugueses aún sufren estrés postraumático por aquel episodio doloroso –como casi todos- de la historia lusa. Él sabe que tampoco se recuperó del todo, pero al menos él pudo escribir, hacerse con una trinchera psíquica desde la cual saberse doblemente consciente de su propia destrucción anímica y justamente por eso, sobrevivir.

Uno suponía que además, debió haber tenido una niñez difícil, conflictiva, plagada de carencias. Resulta que no. Su familia era afín al régimen de Salazar. Y estaba bien. De hecho, muy bien. Así que él cuenta que su niñez fue plena y feliz. La mejor etapa de su vida, sin dudas, dice. El acuerdo tácito familiar era que de la dictadura no se hablaba y punto. Es un lado de la historia rico en anécdotas interesantes y que ofrece muchas claves para rastrear esta saudade congénita lusitana. Aunque él siempre insiste en que su padre no fue de derechas, pero salazaristas eran todos en su familia. De allí ese respeto instintivo por el silencio, que es en realidad un respeto casi totémico por las palabras. La timidez portuguesa debe tener muchos orígenes, pero Salazar aportó lo suyo y lo envolvió en ese cocktail sagrado y soporífero de la triple “f”: fado, Fátima y fútbol.

Lobo Antunes sonríe mientras le cuenta a Maria Luisa Blanco (editora hace tiempo del suplemento Babelia, en El País) que una vez, mientras ejercía la psiquiatría y atendía a enfermos en el Hospital de Lisboa, un loco se le acercó y le dijo: “¿Sabe usted? El mundo ha comenzado a ser hecho por detrás”. Esa frase fantástica, dice, marcó toda su literatura: “Así es la escritura. Cuando empiezas escribes por delante, hasta que comprendes que tienes que escribir por detrás, por el revés”. Ese revés es la clave para adentrarse en una memoria delirante en busca de forma, de bases, de estructura, que es toda su obra. Al final, se trata es de sostenerse, mientras se convalece. Menos mal que no ha ganado el Nobel este año tampoco. Debe respirar aliviado, mientras fuma su Marlboro rojo, asomado a la ventana de su casa pobre, de barrio pobre, de colina lisboeta.

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