El malandro regenerado

“Enamórate de tu propia vida”

Jack Kerouac

 

maracay
Maracay

La tarde del viernes 8 de agosto de 2014 ocurrió un trágico episodio cuyas consecuencias aún no han sido previstas. Luidig Alfonzo Ochoa salió de su vivienda en el barrio Independencia de Maracay y cuando intentaba subir a su moto Kawasaki  klr, fue “abordado” por un sujeto que sacó un arma de fuego y, mientras Luidig intentaba huir corriendo, le disparó tres veces ocasionándole la muerte. Sí, se trata de un episodio frecuente en Venezuela. Se presume que fue un intento de robo. Lamentablemente no es un evento que ofrezca novedad alguna. Sólo que esta vez la víctima era un caso particularmente relevante y casi me atrevería a decir único. La moto Kawasaki klr permaneció junto al cadáver. Nadie se la llevó.

Luidig Ochoa era el creador de la popular serie animada “Cárcel o infierno” y de la serie en formato de cine  “Somos ladrones”. El común de la gente suele despachar el asunto diciendo: “bueno, era un malandro más, así terminan todos”. Pues no, no era un malandro más. Era un malandro diferente. Había logrado dejar atrás su vida de delincuente; había hecho un serio intento de regeneración para lograr una verdadera reinserción social. Pero no sólo eso, también había decidido contar sus experiencias en un formato tan certero e innovador que sigue sorprendiendo a propios y extraños. La serie “Cárcel o infierno” es tan popular en los barrios como en los colegios privados más sifrinos de Caracas y cuenta con millones de visitas en YouTube. Luidig se había atrevido a darle forma, luz, contenido, voz y secuencia al asunto más atroz de la Venezuela de los últimos cuarenta años: la vida carcelaria. Había dado en la tecla más sensible de todas, convirtiéndose en pionero de un género que debería perdurar, al menos, hasta que sea atendido seriamente. Luidig ofreció un relato de sí mismo en el que se han visto reflejados cientos de miles de personas, pero además su motivación instintiva primordial consistía en poner el foco en el asunto y tratar de sensibilizar a una sociedad que decidió vivir de espaldas a ese mundo desde hace mucho tiempo.

Luidig confesaba que su pecado capital era la ira. Tratar de “dominar al loco” que llevaba dentro de sí, era una expresión común que solía utilizar para referirse a su lento y difícil proceso de conversión del que parecía estar plenamente consciente. Él sabía y reconocía que se trataba de algo que no podría conseguirse de un día para otro. No sería un proceso fácil. Desde niño en Maracay había estado envuelto siempre en episodios violentos, aunque afirmaba que en esa etapa, homicidios y robos no eran su “especialidad”. Su verdadera pasión era el dibujo. Desde los ocho años ilustraba compulsivamente y, al parecer, con verdadero talento. Pero su padre le reprochaba su temática: siempre malandros y episodios criminales. Luidig decía que eso era lo que él quería expresar. Y siguió haciéndolo. Fue autodidacta.

A los catorce años compró su primera pistola y participó en varios hechos delictivos. Su primera experiencia como presidiario tuvo lugar en los calabozos de la Policía de Chacao en Caracas. Fue detenido por porte ilícito de armas. Pero el retardo procesal y las cotidianas irregularidades del procedimiento hicieron que permaneciera retenido dos años. Finalmente logró la libertad por una medida cautelar, pero siguió en sus andanzas y volvió a caer preso por posesión y tráfico de estupefacientes. Primero en la cárcel de La Planta en Caracas y luego en el Retén de Tocorón en Maracay. Como él mismo cuenta, allí se graduó de delincuente. Allí vivió la experiencia más dura de su vida y que lo trastornó definitivamente (él mismo usaba las palabras “estrés”, “trauma” y “trastorno” al hablar de esas etapas). Estuvo un total de cinco años entre ambas penitenciarías. En Tocorón logró integrar el “carro” que controlaba tres pisos de ese retén y llegó a convertirse en “lucero”. Recibió numerosas heridas ocasionadas por armas blancas ostensibles en sus llamativas cicatrices corporales y recibió un total de quince disparos, algunos de ellos en el rostro. Por lo cual fue denominado “cara e´muerto” entre sus compañeros convictos.

Al salir de la cárcel, siguió en malos pasos y envuelto en numerosas escaramuzas delictivas. A pesar de la angustia de su madre, Luidig mostraba esa ambivalencia característica del malandro venezolano: adicción al “rush” violento, pero sufrimiento simultáneo, sobre todo por involucrar a familiares cercanos. En Luidig se iba haciendo cada vez más evidente esa lucha interior: tratar de dejar atrás la violencia y la delincuencia. Una vez, mientras estaba junto a su padre en una bomba de gasolina recargando el combustible para su carro, pasó otro vehículo del que salieron ráfagas de disparos. El objetivo era Luidig, pero hirieron a su padre, ocasionándole una lesión en las cuerdas vocales que lo afectó de por vida. Todo un símbolo: la voz del padre afectada y silenciada. El hecho definitivo fue la muerte de su hermano Luis Alfonso. Lo asesinaron llegando a su casa después de una fiesta en la madrugada. Algunas versiones apuntan a que se trataba de una venganza y querían “dañar” a Luidig. Ese fue el punto de quiebre, el momento de inflexión. Esta muerte realmente lo transformó: se había vaciado como delincuente. Tenía el estoicismo criminal del que está dispuesto a sufrir y a morir; pero, en cambio, era demasiado sensible con el sufrimiento de sus familiares y allegados. Y que sufriesen por culpa suya era algo que no podía sobrellevar. “Cara e´muerto” resolvió firmemente apartarse de la violencia.

Él cuenta que al salir de Tocorón, tuvo un arrebato creativo y se encerró en casa a dibujar durante tres meses. En cierto modo, descubrió la “catarsis”. Además, fue conociendo posibilidades y alternativas gracias a la computadora que pudo comprar con ayuda de su madre. Descubrió los tutoriales y empezó a dominar programas de ilustración y diseño. Fue contactado por gente que le ofreció trabajo en varios medios de comunicación.  Su trayectoria en la ilustración y el diseño fue tomando fuerza. Se convirtió en un experto del arte audiovisual. Pero sólo había una manera de dominar a los demonios que continuaban al acecho: crear el relato animado de su experiencia en Tocorón. Sacarlo pa fuera. Exorcizar su trastorno. Puso manos a la obra y creó: “Cárcel o infierno”. Las iniciales de su firma artística LA y que mostraba en su emblemática gorra, representan un homenaje a Luis Alfonso, su hermano. La serie tuvo una repercusión que él mismo nunca imaginó. Venezuela necesitaba urgentemente esa expresión del horror, porque sirve para conocer el tema “desde adentro”, sirve para sensibilizar a parte de la opinión pública, sirve para darle voz, empatía y apoyo solidario a todos los familiares de los convictos y, sobre todo, bien mirado, puede servir como material de análisis para empezar a afrontar seriamente una problemática que ni el gobierno ni la sociedad han querido atender. La cultura carcelaria es el reflejo más fiel de una nación. Nada más elocuente en la Venezuela de hoy que una cárcel.

Luidig decía que no comprendía por qué, por ejemplo,  había tantos vehículos para trasladar a gente a marchas afectas al gobierno, pero no había vehículos para trasladar a reos a tribunales o a otros centros penitenciarios. El Estado no asume con seriedad su verdadera labor. Las políticas carcelarias han sido grotescas, desde hace muchas décadas. Esta forma de inacción parece haber alcanzado niveles de desidia intolerables. Son muchos los gobiernos que han mirado a otra parte, pero tal vez ninguno haya tratado el asunto como el actual, con tal nivel de cinismo. Mientras tanto, el horror se ha ido alimentando monstruosamente. Una cárcel en Venezuela no sólo no regenera a nadie, sino perturba mucho más una patología criminal y además sirve de búnker de operaciones desde donde se planifican, coordinan y efectúan numerosos actos delictivos.

Es de cajón suponer que Luidig tenía enemigos. También es lógico imaginar que a muchos convictos no les gustaba la serie “Cárcel o infierno” porque mostraba más de lo que era conveniente para los negocios internos en un presidio. Un testimonio de un allegado asegura además que Luidig recibió sugerencias de funcionarios  para que “suavizara” un poco los contenidos. En efecto, la serie deja al desnudo el descalabro social venezolano del que todos somos un poco responsables. La moto Kawasawi klr quedó allí tirada. El “ladrón” no se la llevó. Tal vez Luidig no podía ser perdonado por el propio mundo criminal. ¿Podía ser perdonado por alguien en ese contexto?  ¿Venezuela es capaz de perdonar? ¿Luidig tenía derecho a salvarse? ¿es posible la redención en un país como este?… Lo más revelador es el vínculo entre la actividad creativa de la ilustración en función de su propia experiencia y el abandono de la vida violenta, una alternativa psíquica posible: envolver con imágenes la representación de la propia vida, por escabrosa que haya sido. Luidig encontró, cultivó y promocionó un ansia: darle forma artística a su experiencia delictiva y dolorosa, como  auténtico impulso para poder dejarla atrás, pero sobre todo, mostrar el camino a otros para que también lo hagan. Enseñar a otros a salvarse.

En el primer capítulo del Quijote, el narrador nos cuenta que mientras Alonso Quijano leía libros de caballerías y empezaba a perder la razón por creer que eran relatos de hechos verdaderos, tuvo muchas veces la tentación de tomar la pluma y ponerse a escribir él mismo libros de caballerías. No lo hizo, sino que enloqueció. Decidió no escribir, sino ser caballero andante y emprender vitalmente el delirio. Siempre me ha inquietado esa sugerencia cervantina: el acto de escribir pudo haber servido como forma de drenaje a la locura (en algún caso) y por eso mismo evitarla. ¿Por qué no imaginar algo paralelo en casos como este del mundo criminal? Alguna actividad social, deportiva, cultural o artística para cada quien, que se constituya en impulso psíquico decidido, que pueda sacarlos para siempre de la violencia, pero no como receta de política social colectiva, sino como proceso interior genuino de auto-examen, de reflexión profunda sobre lo que se es y lo que se puede llegar a ser. Mientras más delincuentes salgan del mundo de la violencia, más contagiosa será la posibilidad de lograrlo para otros. Luidig halló la ilustración. Además, sus producciones son estéticamente de calidad y la secuencia de sus relatos es sugerente y elaborada. Su muerte es trágica justamente por eso: porque se había regenerado. Pero tal vez en Venezuela regenerarse sea una tonta e ingenua quimera. Su madre no quiso que se disparase ni un solo tiro durante su funeral.

 

Por Juan Pablo Gómez Cova©

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