Modigliani o el mundo

Por Juan Pablo Gómez

“Ver no es algo que nosotros hacemos, sino algo que nos pasa”

José Ortega y Gasset

 

Jeanne H
Jeanne Hébuterne, 1917

Liu Yiqian ya lo tenía planificado. Cuando ocurriera el momento más frenético de la puja, entonces intervendría él y acabaría con la jornada. La casa de subastas Christie´s ofrecía el cuadro “Nu couché” de Amedeo Modigliani. Liu Yiqian estaba decidido a llevárselo, pero también estaba decidido a convertirse en noticia, a turbar el mercado del arte, a subyugar la ansiedad del resto de los coleccionistas en el mundo. Naturalmente, lo logró. Desembolsó 170.4 millones de dólares para llevarse su “Modigliani”, la metonimia nunca fue más esperpéntica. Su intervención en la subasta fue vía telefónica, como para hacer ver su desparpajo que otros muchos llamarían “ignorancia” más bien.

La pregunta empezó a revolotear por todos los salones de marchantes de Nueva York, “¿Quién es este chino?” Las revistas y los diarios enfatizaban: “empezó como taxista”. Es de los que afirman que primero hay que interesarse por el arte y amarlo, y después de mucho tiempo, entonces, quizás, uno pueda entenderlo. El hecho sería trivial. Un nuevo rico chino (hay millones de esos), que hizo fortuna en el mundo financiero, gracias a sus arriesgadas especulaciones bursátiles, marcaba ahora el camino a seguir. La fortuna necesita buen resguardo y Liu Yiqian sabe que pocos mercados son más seguros, en el mundo de hoy, que el arte. No importa si un país ostenta crecimiento económico y estabilidad o si, por el contrario, está sumido en una visible crisis, en cualquiera de los dos casos el mercado del arte es buen negocio. Se trata, además, de movilizar el juego de las cotizaciones. Liu Yiqian sabe lo que hace como inversionista, pero la pregunta que uno se hace es: ¿sabe quién era Modigliani?

Modigliani foto
Amedeo Modigliani

La historia del arte moderno no ha podido separar la vida y la obra de Amedeo Modigliani. Esta especie de fenómeno común en la base de la apreciación y la crítica es particularmente notable en el caso de este artista italiano, cuya vida ha sido románticamente mitificada como un emblemático icono de la bohemia llevada al extremo. “El último verdadero bohemio”, diría el pintor alemán Ludwig Meydner, tuvo una vida que no prevaleció sobre su arte. Un artista con mayúsculas, que se consagró a su oficio y se inmoló por él. Sus colegas del Bateua-Lavoir le llamaban “Modi” pero más que por su apellido, por la cercanía sonora con “maudit”, maldito. Eso es lo que se entiende por artista maldito, un Modigliani. Alguien que está labrando su propia muerte, mientras lucha agónicamente por la subsistencia de su obra.

Modigliani es un ejemplo claro de alguien que debe padecer la caída: desde un perfil social burgués acomodado hasta la pobreza más extrema. No hay caso sociológico más trágico. Porque permanece el lastre de su alta cultura, de su refinamiento, de sus buenas formas, mientras padece las precariedades físicas, psicológicas y materiales. Su nivel de consciencia hace que esa decadencia sea especialmente dolorosa. Sólo es trágico quien se da cuenta de la propia caída. Su padre era un prestamista judío acomodado que fue dilapidando su fortuna por su obstinado hábito de preocuparse por los demás. Empezó a prestarle dinero a quienes realmente lo necesitaban. ¡Vaya despropósito financiero! Por supuesto, en poco tiempo cayó en la quiebra y, con cuatro hijos, entró en la miseria. Su madre, de origen francés, era maestra y se dedicaba a escribir cuentos. Siempre demostró una especial conexión con su hijo Amedeo, al que ayudó todo lo que pudo.  Las relaciones familiares de “Dedo” –como le decían allí- son menos atractivas para los biógrafos que rastrean el dato que refuerza la vida destructiva, el caos, el vicio, la enfermedad, la pobreza. Pero Amedeo tuvo especial vínculo con padres y hermanos, y cada vez que pudo, iba a su ciudad natal, Livorno, a pasar temporadas con los suyos, que le servían de impulso vital, de respiro, de sosiego. De ese especial carácter de sus padres pudo venir esa obstinación de perseverar en sus convicciones más arraigadas, en sus valores más necesarios. Aunque su nombre estuvo vinculado a la fiesta parisina, a Montmartre y a Montparnasse, a Jean Cocteau, a Picasso, a Bracque, a Meydner, a Utrillo, a Max Jacob, entre otros, Amedeo siempre mantuvo el coraje de la independencia. Se negó decididamente a firmar el manifiesto futurista, y más allá de amistad e influencias, no quiso supeditar su estilo a tendencias, modas ni cenáculos. Todas las vanguardias y el aluvión de ismos fueron como una autopista paralela y colindante de su camino de peregrinaje individual. Su modernidad, como supo verlo él mismo en la etapa azul de Picasso, no era tanto un viraje al porvenir y una plegaria a la novedad, sino precisamente una nueva vuelta de tuerca al arte primitivo, sobre todo al arte negro.

Modigliani autorretrato 1919
Autorretrato, 1919

La máscara negra permea toda su obra pictórica y escultórica. Aunque él quiso ser visto siempre más como escultor, que como pintor, se vio obligado a abandonar la escultura por razones de salud. El polvo hacía mella en sus pulmones cada vez más carcomidos por la tuberculosis adquirida desde la niñez. Y era de los que trabajaba la piedra directamente. Sus pinturas y sus dibujos están dominados por una atmósfera de serenidad y tristeza que parecía ligada a un estado de ánimo oscilante entre la timidez y el éxtasis, que siempre desemboca en la melancolía. Toda su obra está centrada primordialmente en el retrato. Ese género en el que se disolvieron los maestros italianos renacentistas, Cezanne, Picasso, las cariátiades, el arte primitivo y las vanguardias. Sus modelos, extrañadas al principio, solían admitir asombradas que habían sido retratadas fielmente. Esa parsimonia gestual lograba siempre la expresión reveladora.

Asociado siempre a París por su pasión artística, por su elegancia, por su secreto vínculo aristocrático con la libertad creadora, perturba imaginar que un alma tan noble y elevada no tuviese nunca un techo propio, por ejemplo. Según Max Jacob, Picasso decía que “el único en París que sabía vestir era Modigliani”.  Los excesos vitales contrastaban con la mesura que desprende su obra. Siempre se subraya el desorden de sus días parisinos: inestabilidad, alcohol, drogas, mujeres, agresividad, pero se destaca poco que eran tan sólo armas pueriles contra la timidez y la pobreza. No era vicio, era insatisfacción, enfermedad, desolación. Las mujeres cercanas coincidían en realzar su espíritu de magnetismo, su innegable capacidad seductora, su terrible poder de atracción; pero, al mismo tiempo, parecían notar con cierta facilidad su amor apasionado, efervescente y despiadado por la autodestrucción, por el sufrimiento. Así como lo adoraban al principio, huían despavoridas al poco tiempo. Dos excepciones determinantes fueron Beatrice Hastings (pseudónimo de la escritora inglesa Alice Haig) con quien pudo labrar una estimulante y difícil relación de dos años y la famosa Jeanne Hébuterne, quien lo acompañó literalmente hasta la tumba.

La historia entre Jeanne Héubuterne y Modigliani se ha vuelto proverbial entre los amores tempestuosos y apasionados que conducen a la muerte. Una ex amante de Amedeo, la escultora ucraniana Chana Orloff, le presentó a esta bella muchacha de 18 años que serviría de modelo para una de sus obras escultóricas. La atracción entre ambos fue inmediata y ya no pudieron separarse nunca. Jeanne abandonó a su familia católica y conservadora, para irse con esta especie de dandi judío que vivía en el auge de la disipación. Se amaron apasionadamente al punto de ser señalados por los artistas parisinos como los “únicos verdaderos amantes”. Pero el deplorable estado de salud de Amadeo, intensificado por el alcohol y la meningitis tuberculosa, hizo que amor y muerte empezaran a fundirse. La precariedad empezó a llegar a niveles de hambre. Amedeo no conseguía vender dibujos ni pinturas, salvo nimias excepciones. Cuando ingresaba algo de dinero, se evaporaba en deudas, alcohol y drogas. Buscando alternativas económicas se trasladan a Niza para intentar vender alguna obra. Ella, delicada, hermosa, refinada, se dedica también con devoción a la pintura. Ambos se pintan uno al otro. En Niza también fracasan. Amedeo es internado para tratarse su condición de tísico, mientras Jeanne da a luz a una niña. Amedeo no puede ocuparse de ella ni mucho menos correr con los gastos, así que pide darla en adopción. Tal vez por la persistencia de Jeanne, esto nunca sucedió. Al final, una hermana de Amedeo terminó criándola.

Jeanne
Jeanne Hébuterne

La cúspide destructiva la representó el orgullo final: encerrados en su piso de Montparnasse, Amedeo entra en agonía. Ambos pasan días sin comer. Jeanne lleva ocho meses de embarazo. Entre la enfermedad y la inanición, Amedeo sufre terriblemente, y no avisan a nadie, ni siquiera a los vecinos. La tarde del 24 de marzo de 1920, Amedeo muere. Los vecinos encontraron una escena terrible: ella tomándole el brazo, mientras eran evidentes los signos de desnutrición en ambos. La madrugada siguiente, ella se arroja desde el quinto piso de su casa paterna. Sus padres no aceptaron el cadáver, que fue depositado en la comisaría y tuvo un sepelio anónimo. Amedeo fue enterrado en el Pere Lachaise y lo despidieron miles de artistas parisinos. A ella prácticamente no la despidió nadie. Diez años más tarde, los restos de Jeanne fueron exhumados y llevados a la tumba de Amedeo, donde reposan juntos.

nu couche
Nu couché, 1917

Pocos años después, Leopold Zborowski, amigo de Amedeo y marchante de arte, logra vender algunas de sus obras en Inglaterra. El nombre de Modigliani empieza a ser cotizado entre coleccionistas de arte y su estilo empieza a ser reconocido con interés. Su historia vital acompaña la fama de sus cuadros, siempre más admirados que sus esculturas (él hubiese preferido que fuese al revés). En 1929, el crack neoyorquino arruinó a Zborowski de forma definitiva. También murió pobre. Pero Modigliani seguía al alza, y muchos empezaban a leer sus biografías con interés. Las notas de Jean Cocteau lo retrataban con cercanía y familiaridad. Los cuellos alargados, la negritud subyacente y la espesa tristeza de sus retratos soldaron parte de la iconografía parisina de esa época, muy cercana a cierta decadencia imperativa, esa afín a Toulouse-Lautrec, a Degas, a Verlaine, a Baudelaire, al conde de Lautremont. La fiesta de la bohemia era engañosa y fuera de los salones de Gertrude Stein y de las impresiones  americanas a lo Hemingway y Fitzgerald, había “malditos” tomados por la aflicción incomprensible, tomados por el arte que rapta y destruye al individuo, en pro de la obra. Amedeo leía y recitaba siempre Los Cantos de Maldoror, pasajes infernales de la Commedia de Dante y muchos fragmentos de Nietzsche. Había sido traspaso por la saeta de Adrian Leverkhun; su obra es la de un artista de verdad: el que deja que su psique sea invadida por su obra (o por su inconsciente) y quiere romper amarras con el mundo, que tiende a convertirse en impedimento.

El cuadro “Nu couché” será exhibido en 2017 a propósito del quinto aniversario del museo Long Pudong, propiedad de Liu. Tal vez también sea por el centenario de la pintura, quién sabe. Dicen que los chinos no tienen ningún interés en ese museo y que casi nadie lo visita. Tal vez el chinito Liu Yiqian tenga razón: primero las inversiones, luego ya veremos si algún día será posible entender algo de arte. El proceso trágico de la nobleza caída de Amedeo encuentra su contraparte exacta en el proceso inverso de Liu Yiqian y su nuevo-riquismo. De taxista a comprador obsceno de arte. Tal vez se trata de eso: los que eligen el hedor de un mundo hecho así y los que le dan la espalda.

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