La literatura nunca ha sido escuchada

 Para expresarnos como artistas en el mundo, nosotros no podemos destruirlo ya más. Lo que tenemos que destruir es a nosotros mismos

Jodorowski

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Kevin Spacey en House of cards

La cercanía con esta equívoca efeméride del 23 de abril nos inunda de actos, conmemoraciones, eventos y conferencias sobre Cervantes y Shakespeare. Nadie va a cuestionar la grandeza ni la trascendencia de estas dos figuras descollantes en la tradición occidental que murieron con diez días de diferencia. A ese selecto grupo sólo podrían añadirse unos pocos nombres más: Dante Alighieri, Virgilio, Platón, Sófocles, Homero, ¿Proust? ¿Goethe? ¿Pushkin? El mundo anglosajón vive retroalimentándose de la imaginación shakesperiana: desde T. S. Eliot hasta Games of Thrones; desde Joyce hasta House of cards, toda mímesis moderna tiene un germen, un genotipo y un arquetipo en la prodigiosa representación lingüística de estados de ánimo que logró el bardo de Stratford-upon-Avon.

 

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Cervantes atribuido a Jáuregui

Cervantes se erige como el gran apuntalador de la ambigüedad como punto de vista permanente, de la relatividad como ventana hacia la magnanimidad de la tolerancia. No he sabido de un tipo que sea tan inteligente, tan brillante y al mismo tiempo tan compasivo, tan tolerante, tan buena gente como Cervantes. Pocas veces una perspicacia de esos niveles va acompañada de un sentido tan sólido de la compasión y el respeto a los demás. Y Cervantes no era él, en sus vicisitudes biográficas, ningún dechado de virtudes ni un caso de moral ejemplarizante; pero precisamente sus fallas, sus defectos le abrieron el cauce para su particular perspectivismo literario. De Cervantes se ensalza toda su capacidad creativa, su consciencia crítica, su lucidez para ubicar la vida moderna en el paso ambiguo entre comedia y tragedia; pero pocas veces se profundiza en su constante expresión de la necesidad humana de la comprensión y la tolerancia. Ya en la primera página del Quijote hay una clara alusión a la convivencia maravillosa bajo la piel entre las tres grandes religiones monoteístas: cristianos, judíos y musulmanes. Cervantes veía tanta belleza y complementariedad en las tres, que no podía concebir que hubiese tal grado de animadversión entre unos y otros. Y Cervantes padeció en carne propia los rigores islámicos en su cautiverio de Argel y pudo constatar que, en definitiva, esa gente no tenía más virtudes ni más defectos que un cristiano viejo. Ese denominador común del sustrato humano es lo que va persiguiendo continuamente en El Quijote, más allá de clases sociales, razas, creencias, ideologías. Las diferencias son leves, o se matizan, o se disminuyen frente a lo esencial.

Pero ese discurso tan tolerante no vende bien. Mejor atender al prodigio artificioso de la ficción llevada al extremo de someterse a sí misma al juego infinito de los espejos. Eso sin duda es un legado valioso, incluso extraordinario, pero no está por encima de su sentido humano de la tolerancia. Lo que pasa es que la literatura en realidad no ha sido escuchada nunca. Y eso ha sido una constante en la historia occidental. De hecho, si fuese escuchada, dejaría de ser necesaria. Pero es necesaria, porque sigue sin ser atendida. Y atendida en un sentido profundo, personal, íntimo, pero también (o por eso mismo) en un sentido más colectivo, más social, más político.

pablo escobar gaviria
El patrón del mal

El arte aborda asuntos tan inextricables, tan difusos y tan complejos que no pueden trasladarse ni traducirse a lenguajes de inteligibilidad, claridad, precisión, pragmatismo. El crítico asoma pistas, comparte su lectura sagaz, intuye relaciones de significado, pero tampoco da con la tecla absoluta. Porque no es posible. El arte, en realidad, rehúye el sentido último y se esconde en la ambigüedad porque sólo allí puede llegar a ser. Por eso la contradicción platónica de siempre: si una sociedad es sana, el arte no es necesario. En la quimérica república los poetas deben ser expulsados. Primero, porque en un lugar ideal en el que todo “funciona” bien, el arte sólo lograría efectos nocivos que alimentarían desvaríos o descarrilamientos; y segundo, porque en una república ideal no hace falta que nadie “escriba” la república. Por tanto, los poetas deben irse. No son ya necesarios. Tal vez Platón comprendía que las repúblicas ideales nunca podrían existir del todo, que era otra forma de decir que los poetas y artistas existirán siempre. Sobre todo, cuando no son escuchados o atendidos. Esa naturaleza un poco inexplicable y atormentada del artista le hace supeditar su propia vida a la obra. Por eso el éxito es tan nocivo y peligroso para un artista de veras, porque lo lleva a experimentar una contradicción de raíz. Shakespeare y Cervantes murieron como dos autores bastante irrelevantes, cuyas grandezas fueron atendidas y magnificadas con el paso del tiempo. Eso fue una suerte para nosotros. Un Cervantes o un Shakespeare con reconocimientos unánimes y premios hubiesen sido, no menos talentosos quizás, pero sí menos libres, menos osados.

Por muchas obras de teatro, novelas y poemas épicos que lea, sólo logro distinguir tres o cuatro grandes temas. Se contarían con los dedos de una sola mano, decía Borges, todos los grandes temas de la tradición occidental. Y siempre pasa lo mismo: el poder, la ambición, el orgullo y la vanidad destruyen a los hombres, socavan su capacidad de acción social, demeritan sus famas. Al parecer el ser humano está enamorado de su propia fugacidad y por eso mismo, aunque sea inconscientemente, está enamorado de su propia destrucción.

rosario tijeras
Rosario Tijeras

Aristóteles, muchísimo más optimista que Platón, veía algo loable en el arte: la capacidad de purgar emociones que si no se canalizan pueden convertirse en peligrosas para el bien social o colectivo. La catarsis orgánica y anímica es un misterioso proceso de redención íntima en el que un individuo puede purificarse contemplando una representación pecaminosa y destructiva de sí mismo. Contempla a un personaje de ficción que es destruido por cometer determinados errores, y eso evitaría que él, entonces, los cometa a su vez. Puede salir aliviado después de comprender que su humanidad es limitada y los excesos tarde o temprano lo destruirán, además de destruir también a quienes lo rodean. Aristóteles, como buen científico, creía que el paso del tiempo traería progreso, avance, bienestar. Platón, en cambio, comprendía que en el ámbito de lo que llamamos hoy en día “humanidades” no habría ningún avance. Por eso la antigüedad griega está tan vigente, porque no hay nada nuevo bajo el sol. Podrá haber artistas pretenciosos, pero el arte nunca lo es. El arte sabe que nunca será escuchado y hace de eso una fortaleza. Las modas, los esnobismos, las cotizaciones, los premios, los intereses económicos, las iniciativas editoriales con fines de lucro o el rating son elementos que ayudan a robustecer esa fortaleza.

Una vez caminando por La Candelaria vi a unos motorizados de malas maneras y con tono abusivo comprando varios DVD´s piratas de series de televisión. Me detuve a fijarme bien: compraron las series completas de El patrón del mal, La reina del sur, El señor de los cielos, Breaking bad y Rosario Tijeras. Pensé en Alonso Quijano, pensé en Emma Bovary, pensé en Cyrano de Bergerac…me preguntaba si Aristóteles se refería a catarsis sólo cuando se tratara de auditorios preparados o nobles de espíritu, imaginé a Platón con indigestión fisgoneando en netflix estas muestras actuales y realistas de mímesis, me pregunté si esa compra ingenua de DVD´s piratas de narconovelas no sería la causa de algún asesinato que ocurriría pocos días después o de algún nuevo apuntalamiento de un pran.

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