Como me conozco, no quiero hablar

No es que me hayas mentido, lo que realmente me aterra es que ya no pueda creerte

Nietzsche

 

Por Juan Pablo Gómez

 

unamuno

La tarde del 12 de octubre de 1936, en el paraninfo de la Universidad de Salamanca, aconteció un exaltado pulso discursivo entre don Miguel de Unamuno y toda la caterva fascista que desde hacía pocos meses se había levantado en armas contra el caótico sistema republicano y pretendía instaurar un régimen ultranacionalista, ultracatólico y abiertamente fascista. Unamuno, que había basado toda su filosofía en el punto medio entre paradoja y congoja, no quiso entregarse a la mediocre postura maniquea cuando estalló la guerra civil española. Es preciso decirlo sin ambages: Unamuno estaba decepcionado de ambos bandos, y no sabría adivinar cuál de las opciones sería peor. Terminó sus días solo, recluido, aislado, execrado por tirios y troyanos. Su funeral fue una farsa: los falangistas lo exaltaron como héroe, los republicanos hicieron lo propio. Pero Unamuno no estaba más allá de ninguno de los dos bandos, sino más acá.

Cuando a finales de 1935 y principios de 1936, Madrid estaba tomada por las turbas anticlericales respaldadas por el gobierno republicano de Manuel Azaña, Unamuno se encontraba en Salamanca cumpliendo altas funciones en la diputación y en la universidad. Desde 1931, había visto en el republicanismo una sana vía hacia una España que consolidara sus fortalezas como Estado, y pudiera abrir mejores cauces hacia la justicia social y la incorporación de los excluidos. Pero los republicanos más viscerales –comunistas y anarquistas- habían destapado una espiral violenta que optó por resolver las discrepancias más notables con el más torpe y cruel de los métodos: el intento de aniquilación del “enemigo”. Tomaron tierras y fábricas, expropiaron fincas y en un enloquecido y virulento afán laicista decidieron quemar iglesias, conventos y monasterios. Manuel Azaña permitió esa depauperación indiscriminada y terrorista. Llegó a decir que ningún convento valía más que una sola vida republicana y así avivó las llamas y echó más leña al fuego. España se hundía en un caos incomprensible. Las noticias que llegaban a Salamanca desde Madrid eran muy desalentadoras para Unamuno. Tal vez el impacto de lo que realmente pasaba en la capital se exageraba. Y Salamanca vive en un aura milenaria tan sólida, tan empedrada, que nadie con alma en el cuerpo podía enterarse sin horror de que en Madrid quemaban iglesias con sacerdotes y fieles adentro.

Unamuno respiraba las brisas que rozaban las piedras de Villamayor desde hacía décadas. Salamanca constituía para él la piedra angular del ser español. Salamanca era la médula, el corazón, la corteza, el espíritu y hasta el cerebro de la península. Ningún otro lugar estaba mejor acondicionado para la lidia entre corazón y cerebro, entre fe y razón, que las piedras salmantinas. Ni el terremoto de Lisboa de 1755 pudo derribar las centenarias edificaciones que reunían sapiencia y oración entre sus paredes y su historia. Porque universidad e iglesia eran lo mismo: quien quería saber, tenía que ponerse sotana y empezar a orar. Y quien anhelaba orar, terminaba sabiendo. La primera universidad de España en todo sentido. La primera ciudad universitaria. La primera ciudad convento.  El gran anhelo cervantino: estudiar allí; la creación de la tuna y su tradición chunga y hermosa a la vez; el nacimiento del lazarillo (es decir, de la novela moderna); y el escenario –en fondo y forma- de La Celestina. Nada era y es más español que Salamanca. En ningún otro lugar de la península se hace tan evidente la efervescencia del espíritu hispánico, esa cosa tan tosca, tan áspera, tan adusta que es al mismo tiempo –y por eso- tan dada a la fiesta, a la celebración, a la juerga, al chiringuito. Virgen y toros, catedral y universidad, picaresca y severidad. Salamanca es España y España es Salamanca.

Desde allí, Unamuno recibió con estupor y tristeza el descalabro. No podía consentir que el catolicismo fuese arrasado de tal modo. No veía ninguna contradicción entre el cristianismo popular y las ansias de equidad social. Al contrario, veía una clara sintonía entre ambas. El autor de San Manuel Bueno, mártir sabía que la fe obra más milagros que los santos; y que la idea de Cristo era mucho más poderosa que el propio Cristo; y que los exabruptos de la Iglesia Católica eran un doloroso precio a pagar por otorgar ese beneplácito a la gente que tenía el más firme de los derechos a creer que le esperaba algo mejor siempre, en esta vida o en la próxima. Y que, en términos religiosos, podía no creerse (puesto que la razón es implacable), pero que la gente no sería mejor, ni más feliz, ni más digna por no creer. La Iglesia quemada fue una imagen que perturbó tanto a Unamuno que lo hundió una vez más en la congoja: “me duele la república” se dirá a sí mismo. Luego dio salida a su animadversión por Manuel Azaña: “Es un Julien Sorel con la mente brillante y el corazón oscuro”. Luego sería aún más lapidario: “Azaña es demasiado peligroso. Es un resentido con talento”. Unamuno rompe con la República.

El 18 de julio de 1936 se produce el nefasto levantamiento militar de los nacionales liderados por Franco. Unamuno, preso todavía de la congoja, ve algo de luz en ese alzamiento. Cree que puede traer un poco de forma, de orden, de paz. Decide, en el furor de los acontecimientos, brindarles su apoyo. La república lo destituye como rector de la Universidad de Salamanca. Sus amigos republicanos lo tildan de traidor. Muchos de ellos son fusilados. Ya en octubre de 1936, Salamanca es la capital de los nacionales. Unamuno había aceptado el cargo de concejal salmantino del nuevo gobierno rebelde y es restituido como rector emérito de la Universidad. Pero, en privado, sigue en su congoja y vislumbra el horror. Los nacionales se declaran a sí mismos fascistas, y enarbolan el amor a la muerte, “Viva la muerte” será su lema más extendido en aquellas fechas y la mayor de las ironías posibles para el Unamuno escudriñador y amante de las paradojas. Aquella consigna paradójica era intolerable y venía seguida del “Arriba España”. Unamuno sintió de nuevo el dolor de la desesperanza. Vendría el episodio más catastrófico de toda la historia española: una cruenta guerra civil que dejaría al país destrozado. Bismarck dijo alguna vez que admiraba mucho a España porque era un pueblo empeñado en destruirse a sí mismo, y sin embargo nunca lo había conseguido. Pero Bismarck llevaba muerto décadas cuando estalló este conflicto que se extendería tres años y causaría millones de víctimas. Cuando Unamuno, pensando en Ortega, luchaba contra los conceptos huecos de “europeización” y “modernidad” aplicados a España como necesidades urgentes, presentó su proceso de “africanización”, pues la pasión española (pasión como ritual de pathos, de dolor) no permitiría, de momento, que España se europeizase y aquello era un alivio. Sin embargo, la pasión española se desbordó hasta desembocar en el horror de la catástrofe más dolorosa posible: padres e hijos, hermanos, vecinos, amigos, compañeros decididos a matarse entre sí.

El 12 de octubre de 1936, Carmen Polo (mujer de Franco), el General lisiado Millán Astray, el intelectual José María Pemán y otros altos cargos del fascismo naciente llegaron a Salamanca para realizar actos solemnes conmemorativos del día de la raza. Los discursos fueron pronunciados en el paraninfo de la universidad. Mientras escuchaba las aberrantes frases tremebundas y asqueantes de los fascistas, Unamuno le susurró a su colega más cercano en el paraninfo: “como me conozco, no quiero hablar”. Aquello no era un chiste, se trataba de no poner su vida en peligro. Y si decía lo que realmente quería decir, estaba seguro de que lo matarían. Y sin embargo, lo dijo. Se enfrentó a Millán Astray y a todos los demás gorilas. Aunque sus palabras exactas no pudieron recabarse, las notas que dejó y las consecuencias del acto, permitieron reconstruir parte de su discurso que es célebre por la frase: “venceréis, pero no convenceréis” y directamente a Millán Astray: “un mutilado que carezca de la grandeza espiritual de Cervantes, es de esperar que encuentre un terrible alivio viendo como se multiplican los mutilados a su alrededor”. Millán Astray, tan franco como desmañado, se levantó en aquel punto y gritó: “¡Abajo la inteligencia! ¡Viva la muerte!” dando muestras de una arrolladora lógica aplastante, además de una clarísima declaración de intenciones de lo que sería el franquismo. Unamuno respondió: “Este es el templo de la inteligencia y yo su sumo sacerdote, estáis profanando su sagrado recinto. Venceréis porque tenéis sobrada fuerza bruta, pero no convenceréis. Para convencer hay que persuadir, y para persuadir necesitaréis algo que os falta: razón y derecho en la lucha. Me parece inútil el pediros que penséis en España. He dicho”.

La leyenda cuenta que Millán Astray estuvo a punto de ordenar su ejecución en el acto, pero tal vez algún buen consejo, sumado a la inconveniencia de lugar y circunstancia, lo previnieron. Unamuno salió abucheado del brazo de Carmen Polo, que lo estimaba a pesar de lo dicho. Fue recluido en su casa. Dos días después fue destituido –otra vez- como rector y también como concejal. Dos meses y medio después, murió de forma repentina (casi sospechosa).

Salamanca hace hoy de Unamuno su personaje histórico más celebrado y más entrañable. Un hombre tan españolamente arrollador como perspicaz en el ordenamiento de su pensamiento, cuyos límites estaban tan claros como los tenían Pascal y Nietzsche: el corazón tiene razones que la razón no entiende. La paradoja fue el centro de su diatriba personal máxima: vivir es sufrir, y de ese sufrimiento se obtiene vida, un no se qué que quedan balbuciendo y un muero porque no muero y la ajena luz no te hará claro, si la propia no tienes y cuántos, en la vida, huyen de otros porque no se ven a sí mismos. Como me conozco, no quiero hablar.

 

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