La casa de Pérez Jiménez

Siempre he pensado que Caracas es una ciudad donde no puede existir ningún recuerdo. Es una ciudad en permanente demolición que conspira contra cualquier memoria; ese es su goce, su espectáculo, su principal característica. En algún momento de mi vida me he horrorizado ante esta situación; hoy no. Hoy pienso que es una legitimidad, y así como hay pueblos que construyen, hay otros que destruyen.

Cabrujas

Por Juan Pablo Gómez

 

Marcos-Pérez-Jiménez
General Marcos Pérez Jiménez, 1950

En octubre, en una de las visitas que hice ese mes a Madrid, tuve que inventarles un pretexto a mis hermanas para ausentarme un rato de la reunión familiar y salir a encontrarme con los periodistas Diego Arroyo y Paco Albáñez para ultimar detalles de un ambicioso proyecto que, a fuerza de ser tan ambicioso, parecía que no dejaría de ser proyecto. Diego me presentó a Paco, con quien ya me había escrito varias veces antes. El lugar de encuentro fue el bar La trocha de la calle Huertas, muy del gusto de Albáñez, pero demasiado retirado de la casa de mi hermana. “Buen lugar, ¿no crees?” fue lo primero que me dijo durante el apretón de manos. “Madrid siempre es un buen lugar”, le contesté, tratando de poner una cara a lo Humphrey Bogart que quedó en mueca. Siempre me entusiasman las reuniones sociales que tienen el pretexto de ser de trabajo, ¿o es al revés?  Pedimos tres cañas y nos sentamos en una esquina. Aunque yo siempre prefiero estar en la barra y de pie cuando se trata de conspiraciones laborales, comprendí que bajo la tutela de Diego, siempre astuto en su aparente porte tranquilo, tendría que dedicarme a escuchar atentamente y dejarme llevar, porque era yo quien tomaría un vuelo a Lisboa la mañana siguiente y no podría seguir acompañándolos en persona.

Diego es un magnífico biógrafo, porque se apresta siempre a facilitarle a uno el proceso imaginativo –nada fácil- de hacer de nombres históricos empedrados, maravillosas aventuras de carne y hueso. Literalmente, carne y huesos. Se trata siempre de eso. “Hombre pero estáte quieto, joder. Pareces demasiado nervioso”, me dijo Paco después del primer sorbo. Lo miré con una sonrisa también de mueca y le expliqué que mi postura natural era la de estar siempre preparado para la huida. “Bueno, la información tampoco es gran cosa, así que no estés tan ansioso. Creo que el trabajo serio estará en darle forma, en escribir eso para que parezca interesante. Sólo te digo que la fuente es fiable, está contrastada y es plenamente consciente de lo que harás con eso”.  Miré a Diego que no me miró para no reírse. “Pérez Jiménez era la hostia en España hasta el 57 –empezó Paco. Después la ley Fraga terminaría sepultándolo en el 66. Franco lo que quería era que ciertos empresarios españoles se aprestaran a irse a Venezuela y luego repatriaran las fortunas bienhabidas, como se decía antes. Los diarios ABC y La Vanguardia, los buenos adalides de la derecha más rancia, montaron el mito perejimenista y cuando fue necesario derribarlo, lo hicieron. Y que quede claro que cuando menciono a Franco, no me refiero literalmente a él, sino a su gobierno y a sus asesores económicos. Franco sabía lo mismo de macroeconomía que yo de toros”. Pensé que el símil era tonto porque yo no sabía si a Paco le gustaban los toros o no. Por sentido común supuse que los detestaba, y estuve tentado por un instante de decirle que a mí me gustaba la fiesta brava. Pero allí sí Diego me miró serio, como advirtiéndome.

Paco prosiguió con lo que él consideraba un prolegómeno interesante: “los españoles hacían cola en los consulados de Venezuela en Madrid, Barcelona, Tenerife y Bilbao. En el 52 Venezuela era el país de Jauja”. Pensé que los gallegos tendrían que viajar al consulado de Madrid y sería más trabajoso, mientras él siguió hablando. “Las ironías de la vida, Juan. Venezuela se fue al diablo. Pero en ese tiempo Venezuela era el paraíso y los españoles éramos quienes nos habíamos ido al diablo. La verdad es que nos hemos portado mal con Venezuela. La dejamos tirada, por así decir”. Queriendo ser amable le dije que no era mucho lo que se podía hacer. Que Venezuela vivía una regresión; es decir, que Venezuela había dejado muchas cosas olvidadas en los últimos 300 años y ahora estaba teniendo que regresar a recoger ese desastre. Paco calló y dijo que esa idea no la había escuchado nunca antes y que le parecía brillante. Le dije que tampoco era mía, era el tipo de cosas que acostumbraban a decir los junguianos de Caracas y a mí me encantaba tomarlas prestadas porque hacen parecer que todo tiene explicación, que todo tiene sentido. Luego le confesé que yo ya no creía ni en eso y que hacía mucho tiempo que había dejado de intentar comprender, entonces Paco dijo lo más lúcido de la noche: “si de verdad hubieses renunciado a intentar comprender, no estarías aquí”.

Diego complacido pidió la segunda ronda, y yo chapuceramente anotaba cosas en el teléfono celular. Paco siguió: “Cuando Pérez Jiménez salió de la cárcel modelo en 1968, lo primero que hizo fue llamar a Edmundo Tosta. Este llamó a Fraga que a su vez llamó a Franco. Pérez Jiménez solicitaba ingresar a territorio español en las próximas 48 horas y pediría formalmente asilo. Fraga quiso aconsejar al caudillo, pero éste no quiso escuchar nada. Ordenó que le facilitaran todo y que lo trataran muy bien, porque era invitado personal suyo.” Diego preguntó si la noticia fue reseñada en la prensa y Paco dijo que sí. Además, -agregó- en general, la opinión pública española tenía buena idea de Pérez Jiménez, a pesar del desprestigio en el que había caído. Pérez Jiménez llegó con su mujer e hijas, y se alojaron en un apartamento que acondicionó Tosta en la calle Princesa. A los meses, Pérez Jiménez compró el terreno de tres fincas al sur de Alcobendas, en esa prestigiosa zona que ya se llamaba “La moraleja”. Diego intervino y contó todo lo que sabía sobre eso: Pérez Jiménez había dirigido él mismo el proyecto de construcción de una monumental casa que parecía planificada para albergar ciertos secretos y, sin embargo, era tan opulenta que más bien dejaba entrever demasiado. Además, muchos periodistas venezolanos habían estado allí y habían logrado entrevistas con él. Óscar Yánez, Napoleón Bravo, Nelson Bocaranda, entre otros, dijo Diego.  Pregunté a quién pertenecía esa casa hoy para ver si en otra oportunidad podríamos visitarla. Diego dijo que un consorcio hotelero la había adquirido para uso privado y a continuación añadió detalles insólitos: el extremado lujo, las dimensiones, la saturación de mármol, el mobiliario, el búnker antinuclear. Añadió que el mismo asesor inmobiliario de la familia Beckham había visto la casa en el 2003 y concluyó que ni los Beckham necesitaban tanto lujo ni tanto mamotreto. Al parecer, el propio David Beckham, al escuchar los informes de la casa, sintió curiosidad y quiso saber a quién había pertenecido. “A un dictador venezolano” le respondieron. Parece que dijo a la sazón algo así como: “¿qué se puede esperar de esa gentuza?”

Diego dijo que escribir el libro a seis manos era fácil siempre que se dividiera con precisión cada apartado y cada investigación. A mí la idea no me gustaba. Para mí la vida se puede compartir, pero el trabajo no. Y un libro muchísimo menos. Se pueden tener tareas distintas en un proyecto común. Pero yo trabajo solo. Cuando me di cuenta de que había dicho todo eso en voz alta, hice otra mueca y Diego miró al techo disgustado. Paco pidió la tercera ronda y dijo que, por ahora, no importaba qué haríamos exactamente con eso. Lo importante era que Diego y yo escuchásemos el cuento completo y, después, decidiríamos. Entonces contó de la cercana amistad que trabó Lorenzo Trías con los Pérez Jiménez. “Trías tiene 91 años hoy, y el viejo está lúcido. Lo que pasa es que es muy facha y no se da cuenta. Pero uno aprende una barbaridad con el señor porque su memoria es realmente prodigiosa. Trías, además, asesoró a un grupo de venezolanos de doble nacionalidad que querían fundar un partido político basado en la Cruzada Cívica Nacionalista y que quería operar simultáneamente en España y en Venezuela. Montaron tres sedes: una en Valladolid, otra en Pontevedra y otra en Zamora”. Acá Diego y yo manifestamos mayor interés, mientras empujábamos nuestras cervezas. Pensé que Venezuela era un país en el que las ideologías no habían vencido nunca al pragmatismo. Y aunque pensaba que aquello era una suerte, también se me ocurría que había sido una seria desgracia. Como en Venezuela nunca se llega a fondo de nada, entonces los cambios sólo habían sorprendido a los despistados. Pensé también que en Venezuela nunca había habido realmente una alternativa de derechas con posibilidades. Que COPEI tenía de derechas lo mismo que AD tenía de izquierdas, es decir, bastante poco. Y que el único gobierno monolítico de derechas, ultra-católico y conservador que había tenido la república venezolana había sido el de Pérez Jiménez. Yo trataba de explicarle a Paco que todas esas cifras y estadísticas que le había detallado Trías sobre la Venezuela perejimenista eran ciertas  y para qué negarlo, maravillosas, pero que no podían reflejar el coste anímico, la instalación del miedo y la brutal represión. Y que no sólo de pan vive el hombre. Pero luego pensé que ese era el problema de fondo: que en Venezuela sí se vive de pan y nada más. Paco siguió: “Juan, pero si Venezuela ahora está peor. Envuelta en una vorágine de violencia, escasez e hiperinflación, es un completo desastre. En tiempos de Pérez Jiménez era la nación modelo de América Latina”. Miré a Diego y quise pensar que él también pensaba en el poder hipnótico del discurso de Trías, pero Diego soltó un discurso certero que enumeraba los males del chavismo uno a uno. Paco y yo asentimos. Aunque yo quise agregar que Venezuela nunca había tenido un gobierno que uno pudiese calificar de realmente “bueno”. Las opiniones eran muy divergentes, y más o menos algunos hablaban de Medina, otros de Pérez Jiménez y otros de Leoni, como los más decentones en cuanto a obras públicas y estadísticas. Los historiadores además tenían la costumbre de enfrascarse en diatribas parcializadas que sólo reflejaban simpatías y diferencias con determinadas figuras de la historia. Entonces les recordé lo que decía Cabrujas de Pérez Jiménez, a quien él combatió fervientemente en su juventud, porque cercenaba la libertad, y porque lo que construía y hacía de bueno, era natural que lo hiciese cualquier otro en su cargo. Después vinieron muchos otros y resultó que no, que no era tan fácil, que nadie hizo tanto y tan bien como Pérez Jiménez.  Y Cabrujas lo decía apenado, con vergüenza.

la trocha
La trocha, Calle Huertas

Paco entonces hundió el acelerador al relato para evitar que Diego y yo empezáramos la retahíla del desahogo sobre el país y sus males. Paco inició contundente: “Chávez sí vino en el 98 y sí se reunió con Pérez Jiménez. Trías estuvo presente unos minutos previos a la reunión privada. Y además pudo conversar con el general después de la entrevista. Claro, tampoco fue gran cosa. Meses antes, también había venido el otro candidato de ese entonces, Salas Römer. Trías decía que el general recibía a cualquiera que quisiera su consejo. Y que, afortunadamente, eran muchos. Pérez Jiménez deseaba ansioso que Venezuela fuese “enmendada” cuanto antes y que lo primero que había que hacer era una serie de reformas a la constitución y si se llegaba a una constituyente, aún mejor. Y había que botar a muchos empleados públicos. Que lo peor era mantener ese estado rentista y clientelista. Sería una ruina definitiva. Trías le había advertido antes que Chávez profesaba una admiración desmesurada por la revolución cubana y admitía una debilidad extrema por Fidel. Pero el general le respondía que en política las opiniones valen un cuerno, y que se trataba de acciones, de hechos. Y Chávez sería juzgado por hechos. Trías decía que Pérez Jiménez y Chávez tenían mucho en común: el odio al puntofijismo, el gusto por los trenes, la religiosidad visceral y el bolivarianismo. Aunque probablemente, ninguna de esas cosas las veían de igual forma. En ese momento recordé una frase de Wittgenstein: “el saber y la risa se confunden”. Paco entonces terminó resumiendo: Chávez le pidió apoyo expreso y le ofreció indulto, pero el general dijo que a él no lo indulta nadie porque para eso es necesario primero haber cometido algún delito. Trías decía que Chávez era un torrente emocional y carismático que podía encantar a serpientes –nunca mejor dicho- pero que no podía pensar con serenidad. El general era exactamente lo contrario: la serenidad gocha del que primero piensa bien y, mientras tanto, cae un poco mal a los demás. Y Venezuela es de los simpáticos. He ahí una virtud que es también una desgracia. Tal vez la mayor. Al terminar la quinta cerveza me di cuenta de que estaba un poco ebrio. El alcohol me había pegado mucho, extrañamente y además, me di cuenta de que ese libro no existiría. Diego también tuvo la misma sensación y me pareció notar que también estaba un poco embriagado.  Le dije a Diego que se podría escribir acaso un cuento. Algo así como una breve anécdota novelada de un encuentro entre dos polos opuestos que se vieron para terminar un circuito cerrado demasiado aciago y que exaltaban a Bolívar por razones contrarias. Paco nos miraba un poco decepcionado e insistió en que podía presentarnos a Trías la próxima vez que nos encontrásemos en Madrid. Diego hizo un chiste de humor negro al respecto que no recuerdo bien. Mientras pedía la cuenta, Paco cerró diciendo: “España será lo que ustedes quieran, pero en España un tío de derechas es de derechas y punto, y un tío de izquierdas no coge un crucifijo ni reza. Venezuela es tan híbrida, tan incoherente…” Allí Diego dijo algo sobre el sincretismo, la violencia y la colonia. Y yo pensaba en la Catia de españoles, sirios e italianos de Cabrujas, y en su pavor a los caudillos, porque los caudillos siempre devienen en “eras” y nada peor que vivir una “era”, sea del signo político que sea.  Y pensé también en la cálida mañana del 2 de marzo de 1954 en la que fue inaugurada la plaza cubierta de la entrañable Ciudad Universitaria con Pérez Jiménez y Villanueva cortando el listón de ese proyecto magnánimo que había encomendado el general Medina, e imaginé también la tarde en la que Pérez Jiménez, acompañado de  Gustavo Zingg reinauguró el Pasaje Zingg para darle unas galerías europeizantes a esa Caracas pujante y moderna pero a perpetuidad atrapada en ese fascinante laberinto trágico y al que no puede contemplar con suficiente perspectiva.

 

 

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