La vida privada ya no existe, la Historia la ha matado (revisitando el caso Padilla)

Nadie debe ser divinizado…

Albert Einstein

Cuando en marzo de 1971, Heberto Padilla leía los versos: “aparece el país
que tantas veces uno ha creído/ llevar sobre sus hombros: blanco como un navío/ brillando contra el sol y contra los poetas” en la Universidad de La Habana, Fidel supo, como siempre, ver su oportunidad dorada para cortar de una vez por todas con la intelectualidad incómoda de dentro y de fuera de la isla. Fidel sabía que Heberto Padilla era un poeta magnífico, que gozaba de un prestigio rotundo, y quiso llevarlo al ruedo. El título de su poemario “Fuera del juego” terminó siendo una hermosa metáfora del lío que se avecinaba. Y se trataba de eso: entrar (o no) al juego de Fidel y perder, o ganar, según se mire. Heberto Padilla es el ejemplo claro del intelectual serio que fue víctima de los odios indiscriminados: fue denostado por el castrismo y, más tarde, denostado por el exilio mayamero cubano. Un auténtico paria intelectual, es decir, un pensador con todas las letras.

Como Stalin, Fidel nunca daba la cara en estos procesos. Movía los hilos desde la distancia y la displicencia. Su astucia le permitía siempre oler la oportunidad de moverse cada vez un poco más hacia adelante en su tablero político. Sentía aprecio y quién sabe si hasta admiración por Padilla. Y lo justo es decir que el aprecio era recíproco. Pero al principio, ¿quién no fue un entusiasta de la Revolución cubana? El pequeño país que podía, por fin, deslastrarse del colonialismo y aspirar al ámbito del desarrollo, de la soberanía, de la dignidad. La revolución cubana fue tan exitosa simbólicamente que muchos de sus fetiches siguen representando valores universales todavía hoy. El problema es en lo que se convirtió. El simbolismo esperanzador devino en un aislamiento trágico y en un aceitado estado policial que sólo parece interesado en alimentar la alienación de su gente y perpetuar en el poder a la nomenklatura. El problema de la Revolución cubana (como el de toda revolución) no fueron sus fines, sino sus métodos. Y como todo sistema político humano representa un rotundo fracaso. De manera que se trata siempre de buscar los mecanismos menos imperfectos, los sistemas menos dañinos, los regímenes menos despóticos. Administrar el poder siempre es una tentación perversa para cualquier mortal. Pero perpetuarse en el poder es una certeza de perversión titánica.

Por eso Padilla se volvió incómodo. Porque desde 1966 empezó a tener serias dudas sobre el rumbo que había tomado la Revolución y empezó a sentir su ignominioso peso opresivo. Al principio fue sutil dejando colar críticas ambiguas y admitiendo sombras de dudas. Luego pasó a ser cada vez más provocador hasta plasmarlo de forma más directa en su poemario titulado justamente Provocaciones. Sus vínculos con intelectuales extranjeros y su peso intelectual dentro de la isla le hicieron creer que Fidel no estaría dispuesto a pagar tan alto precio y no lo apresaría. El aparato propagandístico del régimen se encontraba frente a un desafío de serio calibre, pero ese tipo de desafíos era de los que Fidel supo sortear siempre. El 20 de marzo de 1971 ordenó la detención de Heberto Padilla por contrarrevolucionario. El hecho indignó a muchos intelectuales de izquierda que, hasta entonces, habían apoyado a la Revolución. Fidel precisamente quería borrar los matices y exigir la incondicionalidad de quienes decían apoyar su proceso. Proponía el fundamentalismo ideológico y exigía lealtad absoluta. Fue una jugada maestra, pues ya los tintes despóticos eran cada vez más notables. El asunto puso en aprietos serios a Julio Cortázar y a García Márquez que, no sin recelo, optaron por el apoyo a Fidel a pesar de la discrepancia respecto del “caso Padilla”. Así pasó a convertirse en un affaire de proporciones considerables y muy del gusto de Fidel. Fue tal la presión (Moravia, Pasolini, Octavio Paz, Rulfo, Revueltas, Susan Sontag, Simone de Beauvoir, Vargas Llosa) que Fidel optó por liberarlo de prisión, pero a cambio de una condición vejatoria: un arrepentimiento público forzado, que emularía las prácticas estalinistas de los escandalosos procesos de Moscú.

Padilla, después de poco más de un mes en prisión, fue conminado a entonar un patético Mea Culpa (al estilo Mandelstam) que fue conocido como “Autocrítica”. Allí, Padilla admitía sus crímenes políticos y sus extravíos contrarrevolucionarios, además de involucrar directamente a otros nombres. Esta acción supuso el punto de inflexión de cierta intelectualidad izquierdosa que decidió romper con la Revolución cubana o, en algún caso, apoyarla de forma menos entusiasta. Muchos no comprendieron a Padilla. Pero su autocrítica era tan exagerada y desproporcionada que, no sólo no era creíble, sino que podía y debía leerse como crítica velada a Fidel. El propio Padilla se cansó de decirlo durante su exilio posterior. Lo cierto es que el autor de Fuera del juego y Provocaciones no volvió a ser el mismo nunca más. Fidel, en cierta forma, lo había liquidado anímicamente. Cabrera Infante cuando lo encontró muchos años después lo vio tan cetrino, tan triste, que decía que veía a un suicida. Después de la Autocrítica del año 71, Padilla permaneció en Cuba 9 años más. Un poco apagado, entregado al alcohol y abiertamente censurado. El propio Fidel, ya impúdico, exigió la censura definitiva de Fuera del juego y promulgaba sin rubor que el arte era un arma revolucionaria y el marxismo-leninismo única vía posible (publicable) de interpretar la realidad. Aquel ataque al poemario recordaba al Strelnikov de Doctor Zhivago: “yo admiraba tu poesía. Ahora no, me parece demasiado personal. Sentimentalismo, introversión, fantasía, todo eso ahora resulta trivial. Estás equivocado, ya no existe la vida privada en Rusia, la Historia la ha matado”… Sin duda, este evento significó un durísimo golpe íntimo para Padilla que quizás no supo contrarrestar nunca. Fuera del juego es un libro magnífico que había sido merecedor del prestigioso premio Julián del Casal en 1968 y en cuyo jurado en aquella oportunidad se hallaba el mismísimo Lezama Lima.

Del penoso exilio interior, Padilla logró salir por fin en 1980, un año después de su esposa e hijo, hacia los Estados Unidos. Pero quiso evitar al principio Miami, porque quería evitar el odio. A eso se reducían sus anhelos: evitar los odios de tirios y troyanos. Prosiguió con sus actividades literarias y académicas, viviendo entre Nueva York, Princeton, Auburn y, por breves estancias, Miami. En 1994 fue invitado a participar en el llamado Encuentro de Estocolmo junto a un grupo de importantes intelectuales cubanos (de dentro y de fuera), que proponían la derogación del embargo por parte de los Estados Unidos. Sobre todo, a raíz de la muerte de una cantidad importante de niños en Cuba por falta de medicamentos que Estados Unidos no permitía exportar a la isla. Heberto Padilla atendía a su consciencia y se mostraba tan crítico con el régimen cubano como lo era con el embargo estadounidense. No veo ninguna incongruencia, justamente lo contrario: Padilla quería realmente al pueblo cubano y comprendía los terribles errores cometidos por los gobiernos tanto de Cuba como de Estados Unidos, que habían caído en una vil correspondencia interesada en mostrarse como terribles enemigos pero por intereses internos más turbios. Ambos alimentaron artificialmente esa enemistad. Por supuesto, el exilio mayamero cubano execró a Padilla y le recriminó su postura humanitaria. Padilla murió finalmente en el año 2000 de un paro cardíaco, pero desde mucho tiempo venía sufriendo de diabetes y como manifestó varias veces la que fuera su esposa por mucho tiempo Cuza Malé, desde que salió de Cuba Padilla nunca volvió a ser el mismo.

Aún hoy sorprende que Padilla sea tan poco leído y comprendido. Un régimen policial lo convirtió en un “caso” y a eso parece reducirse un porcentaje importante de su relativa fama. Fidel Castro murió hace pocos días. En Miami, el exilio cubano quiso festejarlo en caravanas de autos deportivos, mientras parece anhelar la pronta toma de posesión de Trump. Otros en otras latitudes arguyen aún que en Cuba hay logros sociales importantes como la salud, la educación, el deporte, la cultura, la paz. Pasan por alto el aislamiento, la opresión,  la carestía y la miseria, aduciendo por encima de todo una supersticiosa dignidad y una orgullosa soberanía. Difícil creer en dignidad o en soberanía cuando una parte importante de la población tiene que prostituirse o dedicarse al mercado negro y a diversidad de ilícitos sólo por la supervivencia. Cuba es un símbolo universal bastante elocuente del empeño humano por entregarse al maniqueísmo más burdo. Y Padilla un ejemplo claro de intelectual cabal, como Roque Dalton, víctima de todos los bandos de odiadores profesionales.

 

Por Juan Pablo Gómez Cova ©

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